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Mariano, o la fuerza de Dios

 

Biografía del Venerable P.Mariano Avellana Lasierra,
Misionero claretiano
     Apóstol de los enfermos, los presos y los más necesitados

 

                                                                  Agustín Cabré Rufatt, cmf

 

Capítulo Primero

-Antes de que pusieran este tren, había solamente un sendero, porque era un sendero no más, que se venía orillando los montes y saltando las aguadas. Ahora el viaje se hace como Dios manda; antes eran puras cuestas. Cuestas y bandidos; el que no pasaba acompañado de fuerza policial por los algarrobales de Colina, era hombre muerto o mujer... a ver, cómo le digo, o mujer trajinada, ¿me entiende, padrecito)
-Duros eran esos tiempos-dice alguien que se había presentado como inspector municipal en algún caserío escondido.- Ahora venir al norte es como un paseo, un verdadero paseo, ¿o no, Rudesindo?
-Así, no más, es, caballero. Me acuerdo que fue el Intendente Mujica el que limpió el terreno. Le metió bala a los bandidos hasta no dejar "palo parado" (1).
-¿Palo parado?- pregunta Mariano Avellana acomodándose en el asiento de madera de un vagón de tercera clase que traquetea a barquinazos violentos que a veces lo separa y otras lo estrella contra el ventanuco sucio.
-Claro, pues, padrecito. No dejó palo parado.
-Pararse exponerse de pie- dice el padre Bayona. En España solamente significa detenerse; aquí en Chile, además, quiere decir, estar de pie.
Así será como dice el padrecito- afirma uno y vuelve a contar historias de bandidos tropeleros.
Han salido de Santiago en las primeras horas, con la luz apenas sospechada por los gallos, en un día a comienzos de octubre, para sufrir lo que el hombre que dijo ser funcionario municipal señaló como buen paseo y que a los tres clérigos les parece desencuadernamiento.
Para el padre Cristóbal Soteras (37 años, voz de catequista, porte enclenque y mirada sana) y para el padre Mariano Avellana (29 años, voz potente, hombros cuadrados) es la primera misión en Chile. En cambio, el padre José Bayona que los acompaña, lleva casi tres años en el país y ha dado muchas misiones en la zona central. Ahora, a los 43 años, va como cabeza del equipo misionero que se pondrá al servicio del cura don Manuel Gálvez, en el curato de la Purísima Concepción de Colina, para diez días de predicaciones.
Cuando el palique de los comienzos se va apagando por cansancio en el tren, un clérigo dormita, otro hace oraciones leyendo en un libro gordo, y Mariano saca del bolso una libreta: apunta que en Chile "pararse" significa también estar de pie; después se pone a repetir mentalmente algunos nombres que le han dicho son caseríos del curato de Colina; una letanía de aprendizaje escabroso porque las sílabas se le enredan en la boca y se le confunden aún más con las trepidaciones del tren:
-(Peldehue, Chacabuco, Chicureo, Polpaico, Quilapilún... A ver, de nuevo: Peldehue, Chacabuco, Chicureo, Polpaico, Quilapilún...) padre Bayona, padre Bayona, qué quiere decir Quilapilún?
Siente la pregunta tan lejana que abre un ojo, molesto, y lo vuelve a cerrar.
-¿Quilapilún?-pregunta a subes con una voz todavía en penumbras.
- Señor- dice Mariano mirando hacia otro costado, empecinado en aclarar un nombre que le hace cosquillas en la lengua.- ¿Sabe lo que quiere decir Quilapilún?
El funcionario municipal carraspea para no demostrar ignorancia.
•  Es nombre de indios-afirma.
Un campesino que está sentado en la banca del frente mira al misionero, esboza una sonrisa desdentada y no dice palabra.
-(Este aragonés machacón. Cabecea el padre Bayona. Es un "maño" de tomo y lomo, y no dejará a nadie en paz hasta saber lo que quiere. ¿Para qué querrá saber eso justamente ahora?)
El tren lanza al cielo torbellinos de humo negro, da pitazos de lástima, y por fin llega a la estación pobre en medio de un cloqueo de gente que empieza a mover canastas y bolsas de frutas, bultos rechonchos, cestas cubiertas con paños blancos, cambuchos y tabaques que van pasando de mano en mano entre voces de saludo, de alerta, de encargos traídos desde la capital, en un alboroto que los misioneros apenas pueden entender.
El padre Soteras mira a Mariano y los dos ven que el padre Bayona pestañea volviendo a este mundo.
-Hablan demasiado rápido estos chilenos; se tragan las letras, achican las palabras, y de vez en cuando, dejan caer unos terminajos antiguos, tan castizos, que ni siquiera nosotros, que venimos del otro lado del mundo, podemos descifrar- dice el padre Soteras.
Entre la marea campesina de la estación, al bajar la escalerilla, encuentran a sus guías.
-Ustedes son los padrecitos dela misión? Vengan por acá.Les "tenimos" ensilladas las potrancas "pa endilgar" hasta el poblado. Vengan por acá, sus mercedes-dicen dos hombres de piel soleada que calzan botas altas y mantienen en las manos unos sombreros alones. Ellos les dan la bienvenida mostrando una sonrisa en la que faltan dientes y sobra la acogida.
El aire es límpido a esa hora del mediodía. Y desde ese momento los misioneros se van bebiendo el paisaje con todos los sentidos despiertos. Trotan y después galopan por senderos polvorientos, entre alamedas de romance que dejan entrever hacia el oriente la cordillera gris y blanca, tan cercana que les parece una pared colosal que pueden tocar con las manos. Es tan alta y corpulenta que para mirarla entera tienen que echar las cabezas hacia atrás hasta sentir resbalar los sombreros de teja.
Pasan frente a casas chatas de paredes de barro seco, blanqueadas alguna vez con cal, casas somnolientas y con techumbre de totora.Las mujeres que lavan ropa o tiran semillas y desperdicios de verdura a las gallinas innumerables, siguen en sus trabajos aldeanos como si el mundo fuera solamente de bateas y aves de corral.
Unos chiquillos miran asombrados la galopada y los perros salen en estampida detrás de las alazanas castañas, ladrando hasta quedar despernancados por la corredera.
-Es Chile- se vuelve a repetir Mariano sintiendo un estremecimiento por los recovecos del corazón.- Son las misiones de Chile. Aquí es donde voy a predicar el Evangelio...
Los pensamientos se le vuelan por sobre las alamedas solemnes, por encima de los montes enormes que los antiguos llamaron cordillera de nieves, más arriba incluso del cielo limpio, hasta llegar a regiones de vidrio y allí se ponen a vagar, libres y agradecidos, convertidos en oración en las que se le confunde Almodóvar, Huesca, Aragón, el mar Atlántico, la capilla de Belén en Santiago, Quilapilún y los campos serenos de Colina.
Las potrancas alfaraces llegan rendidas, con los ojos saltones y con espuma en las tarascas, cuando los jinetes detienen la correría después de tragarse casi veinte kilómetros que los separan de la estación del ferrocarril.
El cura don Manuel Gálvez ve apearse a los misioneros y sale a su encuentro con los brazos abiertos.
-¡Bienvenidos, padres...bienvenidos! ¿Muy duro el camino? Pasen a descansar unos momentos porque dentro de media hora empieza la misión.-
Enconces el padre Bayona distribuye las tareas siguiendo el Reglamento: un misionero hará el saludo al pueblo y dará inicio a la oración del rosario al que preceden cantos de devoción popular. Otro va a desarrollar los temas de los sermones doctrinales, en un tono de catecismo amable y familiar; desde luego el indicado es el padre Soteras. Habrá más cantos, no sólo referidos a temas celestiales sino a situaciones bien quemantes que pondrán de color encarnado los rostros de los campesinos mientras a sus mujeres les bailará la sonrisa en la boca.La canción del borracho, por ejemplo:
-"Con horrible insensatez, el borracho en su demencia, a sus hijos por herencia de ja hambre y desnudez..."
Bayona,como hombre de más experiencia, se reserva la predicación de los sermones morales, destinados a remecer las conciencias buscando la conversdión. Mientras tanto, Mariano se encargará de las confesiones hasta altas horas de la noche.
Así se empieza.
-Mañana- dice Bayona- descansaremos un poco más y nos levantaremos a las cinco...
Y les recuerda las oraciones de la madrugada, la lectura de las Constituciones de su congregación misionera, la celebración de las misas, el desayuno tempranero, las predicaciones a diversos sectores, las visitas a las casas del pueblo y de la campiña, el catecismo de niños y adultos, la preparación de los sacramentos.
A mediodía, el cura Gálvez los acompaña a la mesa y les cuenta cosas que les ayudan a situarse en la realidad campestre que van conociendo.
-Acabo de entregar el terreno del frente de la casa parroquial para que se haga una plaza para el pueblo. Les he puesto como condición que de ningún modo se tengan allí diversiones poco honestas o inconvenientes, ni venta de chucherías. Queremos un lugar agradable para todos.- (4)
Añade que les tiene a los misioneros una buena noticia: el arzobispo de Santiago le ha autorizado para aceptar una disposición testamentaria de doña Dolores García de Serrano, en la que deja un capital de dos mil pesos para costear,con sus réditos, una misión anual en la parroquia (5).
-Tengo varias capillas apartadas- dice- que se van a beneficiar con esto; porque ésta es una parroquia muy antigua y muy extensa. La creó don Fernando de Barrionuevo, que fue el segundo obispo de Santiago allá por 1579; es la segunda parroquia más antigua, y abarca muchos lugares campesinos: Rungue, Polpaico, Quilapilún...
-¿Qué significa Quilapilún?- salta Mariano, interesado.
-En lengua mapuche quiere decir Tres Orejas.
-¡Vaya, por Dios, pensé que era algo con más poesía!
El monte con tres corcovas o tres molduras que los indios imaginaron como tres orejas, ve pasar de vuelta a los misioneros, camino de Santiago, diez días después. Los dos primerizos llevan el corazón alborotado: han predicado la Palabra, han convivido con campesinos sencillos como sus arados de palo, han dado catecismo explican do verdades simples y a la vez profundas que sacan a los hombres de los surcos y a las mujeres de las cocinerías de leña de espino, para recordarles que son mucho más que eso: llamados a ser hijos de Dios, con un destino más alto que sus montañas, y mas allá de sus caminos.
A proclamar el Evangelio habían venido. Ahora vuelven con el corazón contento.

 

                           
Capítulo Segundo

La capital de Chile se extendía, por 1870, hacia las cuatro esquinas de la geografía con un crecimiento desigual. Con el paso de los años había superado ampliamente los límites que le dibujara el Alarife Gamboa, trescientos años antes, allá en los comienzos.
Entonces el gobernador don Pedro de Valdivia había decretado su existencia con el nombre de Santiago del Nuevo Extremo.
Cuando el capitán general- el primero de unos cuantos que en su historia se han atrevido a desafiar al ridículo con ese título de faramalla- plantó la santa cruz y levantó la espada dividiendo el aire a mandobles, frente a sus mesnadas intrusas, la ciudad había iniciado su vida turbia.
Valdivia cortó ramas de espinos y de mirtos aromos amarillos, trasladó piedras de un lugar a otro, bebió de las aguas del río y gritó amenazazas a todo aquel que quisiera disputarle el señorío del terreno que se acababa de robar, según las ordenanzas viejas para la fundación de ciudades. Así había nacido el caserío pajizo repartido en solares, entre el montículo peñascoso de Huelén, la Cañadilla de García de Cáceres, la ribera sur del Mapocho y la Cañada de San Lázaro (actualmente Cerro Santa Lucía, Avda. Brasil, Río Mapocho y Alameda B. O'Higgins).
Tres siglos habían roto las vallas y el pobrerío se había diseminado levantando ranchas al norte del río y al sur de la Cañada, también ocupando los llanos sabrosos hacia el poniente, dando origen a calles y barriadas.
El sector de Belén era una de ellas, ubicada en dirección al sur, en las inmediaciones del Camino de la Cintura (hoy Avda. Manuel Antonio Matta), el mismo que antes se llamaba el Callejón de los Monos. Más al sur estaban las posesiones campestres de familias adineradas: viñedos, huertas, incipientes plantaciones de frutales, ganadería, y las casas humildes y terrosas del inquilinaje.
En el barrio de Belén se habían avecindado los Misioneros Hijos del Corazón de María que habían llegado a Chile casi metiéndose por la ventana en la diócesis del arzobispo don Rafael Valentín Valdivieso.
En realidad él no los había llamado a colaborar con su carga pastoral.
Quien había atravesado medio mundo en busca de una congregación religiosa que se encargara de cuidar una capilla y sufrir las devociones de un grupo de mujeres piadosas, era una cura avejentado que tenía tantas virtudes como manías.
Don José Santiago de la Peña a veces afirmaba ser español y nada menos que originario de Sevilla, lo que le parecía el colmo de la hispanidad, y en otras ocasiones reconocía haber nacido en Colombia. Era un antiguo jesuita convertido en misionero apostólico.
Ya viejo, se embarcó un buen día rumbo a Roma y fue a parar al convento mayor de los frailes mercedarios donde hizo su ofrecimiento: entregar a perpetuidad su capilla y la casa adjunta, como también la huerta, que poseía en la calle del Dieciocho, en la capital de Chile, a una congregación que incentivara el culto al Corazón de Jesús y atendiera al beaterio de Canto y Oficio que había fundado en un momento de inspiración divina o de cambio de luna.
El padre Reig, superior de los mercedarios en todo el mundo, escuchó con paciencia al viajero y pensó que ya tenía en el arzobispado de Santiago varias comunidades de su orden: desde luego en la ciudad capital y también en Valparaíso, Quillota, Chimbarongo, Melipilla, Rancagua, Talca y Curicó. Una comunidad más, y con la obligación de atender beatas, en realidad no le interesaba.
-Pero aquí en nuestro convento de San Adrián tenemos albergado al arzobispo Claret- dijo-. Participa en las sesiones del santo Concilio y es el fundador de una congregación misionera que se titula Hijos del Corazón de María.
Con cariño el padre Reig recordaba que había pertenecido a esa congregación cuando la persecución religiosa suprimió a los mercedarios en España. El, como varios otros sacerdotes de Ordenes que habían siso prohibidas, jesuitas, benedictinos, mercedarios, tuvo acogida entre los misioneros del arzobispo Claret: un alero fraterno que lo cobijó por varios años.
Don Santiago de la peña se entrevistó con Claret. El arzobispo lo remitió al superior general de su congregación , padre José Xifré, que estaba en el sur de Francia reorganizando el grupo desde sus cimientos porque, al fin de cuentas, la persecución religiosa en España también había dispersado a los misioneros y ahora estaban comiendo el pan amargo del destierro.
Mientras el cura de la Peña seguía su caminata, Xifré recibió cartas del arzobispo Claret, quien le escribió con el corazón esponjado de gozo, como en sus años jóvenes:
-Se me ha presentado don Santiago de la Peña y, según me ha dicho, tiene una capilla dedicada al Corazón de Jesús y una casa contigua a la capilla. Me ha dicho que ha venido expresamente a verme para que yo le procurase tres o cuatro sacerdotes de la congregación a fin de que cuidaran de esa capilla y se dedicaran a las misiones, a los retiros, etc.Piensa entregar esa capilla a los sacerdotes que vayan...
- El señor de la Peña, de Chile, ha sido tenido por un señor piadoso,pero como ahora ya es de edad, es un poco chochoso...
-He recibido la muy apreciada de usted, juntamente con la copia del sacerdote chileno; y a la verdad es satisfactoria y me alegro que usted haya opinado por la aceptación...En América hay un campo muy grande y muy feraz; con el tiempo saldrán más almas para el cielo de la América que de la Europa. Esta parte del mundo es como una viña vieja que no da mucho fruto y la América es viña joven.Los obispos que de allá han venido al Concilio y que con mucho gusto he visitado y tratado, son muy instruidos y virtuosos. Yo ya estoy viejo,pues cumpliré por las navidades 62 años, y la quebradura me desanima, pues basta que cambie el tiempo y me hallo fatalísimo; pues si no fuera por esto, allá volaba...
No fueron tres o cuatro sino siete los misioneros que el padre Xifré envió con don Santiado de la peña rumbo al fin del mundo. El de más edad tenía 43 años y el más joven apenas 23. Investido con poderes de "superior de América", a los 36 años, estaba el padre Pablo Vallier.
El vapor inglés "Magallanes" zarpó de Burdeos el 15 de diciembre de 1869 y el 21 de enero de 1870 anclaba en la rada de Valparaíso.
Hacía apenas cuantro años que el puerto había sido bombardeado a mansalva por una escuadra española que se vino en son de guerra a lavar honras perdidas y gesticular amenazas frente a las costas de las repúblicas americanas del mar Pacífico.
Después de sufrir los cañonazos, los navíos chilenos se habían apoderado en un golpe de suerte y de audacia de la nave española Covadonga. Los intrusos fueron rechazados también en El Callao; entonces el almirante de la escudera pirata tomó una determinación que selló definitivamente las peleas: se suicidó de un balazo en la boca, diciendo que era preferible tener una honra sin marina que una marina sin honra y pidiendo en su testamento que no lanzaran su cuerpo en aguas chilenas ni peruanas.
Terminada la guerra tonta, los ánimos habían quedado agriados. Por eso cuando los misioneros llegaron a Valparaíso encontraron rostros esquivos y miradas de atufamiento que se convirtieron, por arte de magia, en gesto amigo cuando la ignorancia de un empleado de la aduana imaginó que los recién llegados no eran españoles.
-Viene de Francia-dijo mirándolos papeles y documentos en los que aparecían apellidos agudos: Vallier, Baró. Escriú...¡Son franceses! ¡Bienvenidos a Chile!
Las primeras horas en la nueva patriafueron de descanso de tanta navegación, recibidos como hermanos en la casa delos jesuitas del puerto. Allí estaba el padre mariano Capdevila quien rebuscó entre sus papeles una carta ya amarilla por los años y que mostró complacido a los misioneros:
-Por esta carta supe que mi vocación a la Compañía de Jesús era cierta-dijo-. Consulté con un hombre santo y aquí está la respuesta.
Pablo Vallier tomó el papel y leyó, sorprendido:
-He recibido su carta y veo que me habla de su vocación, de la que yo jamás he dudad; solamente la consideraba tierna para llevar las pruebas que regularmente suelen ocurrir. ¡Anímese y pase adelante! Su s.s., Antonio Claret, presbítero, 14 de enero de 1845.
El padre Capdevila estaba agradecido. Hacia la medianoche acompañó a los misioneros al tren y pagó los pasajes hasta Santiago.
-A las seis de la mañana, con un cielo sereno y hermoso, con una temperatura agradable aunque era el rigor del verano, contemplamos por primera vez, cómo el sol aparecía entre las perpetuas nieves y se elevaba majestuoso sobre la cordillera de Los Andes- escribió Pablo Vallier en sus apuntes.
Sin embargo, las buenas impresiones de la llegada se convirtieron en dudas de incertidumbre a la semana de haberse instalado el grupo en la cada ajunta a la capilla del Corazón de Jesús, en la calle del Dieciocho.
Las beatas de don Santiago de la peña armaban y desarmaban a su antojo como dueñas de casa, se metían en todo, circulaban como en campo propio, dedicadas a un sinnúmero de devociones irritantes. Por esos años el arzobispado de Santiago había advertido acerca de la extravagancia de tragar papelitos con oraciones para curar males de vientre y puntadas al hígado, y poco después prohibía una devoción llamada "de la mano poderosa" consistente en medallas en forma de una mano abierta, comn una llaga en la palma y las figuras del Niño Jesús, la Virgen María, nuestro padre san José y los abuelos san Joaquín y santa Ana en cada una de las puntas de los dedos. También prohibía una "cruz de la inmaculada concepción".
Uno delos misioneros, el padre Marcos Domínguez, tomó el toro por los cuernos o a las beatas por el moño, que era lo mismo:
-¡Desde este momento no entra en casa vieja alguna! ¡Y si entra, nosotros nos vamos!
Pero, en realidad, no tenían dónde ir. El arzobispo Valdivieso estaba en Roma en las tareas del Concilio y el padre Xifré,al otro lado del mar. Tampoco tenían dinero para el regreso.
La iglesia de Santiago estaba a cargo del vicario general, obispo José Miguel Arístegui. Cuando el padre Vallier preguntó por él en el arzobispado, le respondieron que estaba de vacaciones, seguramente jugando a las cartas porque era temible jugador de "malilla".
Entonces apareció don Manuel Parreño, canónigo dela catedral y Pro-vicario en ejercicio.
-¡Ustedes son Hijos del Corazón de María!- exclamó, recibiéndolos, alborozado-. ¿Saben que yo he sido el fundador, en Santiago, hace ya catorce años, de la Archicofradía del Corazón de María?
Vallier, Domínguez y los otros vieron el cielo despejado.
Poco después dejaban la calle del Dieciocho con todas las beatas alborotadas, se comprometieron a devolver a don Santiago de la Peña el valor de los pasajes del barco y se avecindaron en la casa y capilla de Belén, ofrecidas por don Manuel Parreño, en uno de los barrios más tenebrosos de la capital, allí donde ni la policía se atrevía a entrar a determinadas horas de la noche.

 

Capítulo Tercero

 

En realidad era Belén. Una casita de barro con tres ventanas y una puerta que daba a un corredor. Una pequeña huerta interior cerraba el espacio por un costado. Por el otro, tenía una tapia de adobes que separaba los lómites con las aguas del canal de San Miguel (hoy Avda. Diez de julio).
Años después, uno de los misioneros escribiría haciendo recuerdos:
•  Dos meses empleamos en arreglar las pobres habitaciones que nos iban a servir de aposento, oficina y portería. Las habitaciones serían ocho, pobres y húmedas; para ir a la sacristía era preciso atravesar la huerta, por lo cual se arregló un camino empedrado para librarse del barro. El comedor era muy diminuto: cuando un misionero debía salir, todos tenían que salir para darle paso. Vivíamos como Jacob cuando cuidaba las ovejas de su suegro Labán; de noche, desde las habitaciones, veíamos las estrellas. No obstante la incomodidad y la pobreza, el día 14 de mayo de 1870 fue un día de alegría para los misioneros porque en la tarde de ese día nos trasladamos a Belén".
Al año siguiente, el arzobispo Rafael Valentín Valdivieso regresaba de Roma. También apareció un día, sin previo aviso, una figura alta y huesuda que llevaba la sotana clerical como si fuera el uniforme de un coronel. Cuando el hermano Miguel Baró abrió la puerta de calle se encontró con el mismísimo P. Xifré.
El superior general no había podido esperar más y se había venido en una gira abrumadora atravesando mares y distancias, que a cualquiera hubiera doblegado. A cualquiera, pero no a él.
Abrazó a todos, miró la casa pobre, discutió, fijó contratos con el arzobispo, amenazó con llevarse de regreso al grupo, ordenó construir más habitaciones y se fue prometiendo enviar otro contingente de sacerdotes y hermanos porque los siete primeros no daban abasto con las predicaciones de misión, retiros, catecismo a niños y adultos y la petición de nuevas fundaciones.
El arzobispo Valdivieso andaba precisamente buscando una congregación religiosa que atendiera el valle de Apalta, cien kilómetros al sur de la capital.
En mayo de 1872 llegaba a Santiago la segunda expedición de diez misioneros encabezada por los padres Donato Berenguer y José Bayona.
La fundación en Apalta no fue posible por coincidir con otro ofrecimiento mucho más interesante en posibilidades de apostolado. Desde el norte, a pesar de su sordera calamitosa, el obispo de La Serena, don José Manuel Orrego, había oído hablar cosas lisonjeras acerca de los Hijos del Corazón de María y pensó que eran, justamente, los evangelizadores que necesitaba para auxilio de su diócesis.
Ciertamente Todo el territorio chileno estaba necesitado de misioneros. Existían solamente las cuatro antiguas y venerables órdenes de frailes: mercedarios, dominicos, franciscanos y agustinos, desde los tiempos castaños de la invasión. Recién en 1848 habían llegado al país los frailes capuchinos.
De las congregaciones llamadas modernas, de votos simples y mayor agilidad apostólica, estaba, desde 1834, los sacerdotes franceses de los Sagrados Corazones que se habían quedado en Chile esperando un barco que los llevara a la Polinesia; tanto se demoraron las embarcaciones que tuvieron tiempo de fundar un par de colegios y asumieron las disciplinas educativas. También en 1854 estaban los lazaristas, con seis integrantes dedicados a las capellanías de las monjas que atendían hospitales. Por su parte los jesuitas recién empezaban a reorganizarse tras la expulsión sufrida en tiempos coloniales cuando el rey de España Carlos III pensó que era dar gloria a Dios terminar con los hijos de san Ignacio.
Por todo esto, una congregación dedicada a la labor misionera en un país todavía campesino, llegaba como el agua de buena lluvia en terreno secano.
El obispo Orrego pidió, insistió, ofreció y por fin obtuvo que Vallier gestionara ante el P. Xifré el envío de una tercera expedición para poder instalar comunidad en su diócesis, mientras que Apalta quedaba olvidada. Años después esa localidad rural serviría junto con Rengo como casa madre de una nueva congregación religiosa que llegaría al país para iniciar su historial de servicio apostólico: los asuncionistas.
Así fue como la tercera expedición de Hijos del Corazón de María, compuesta por Antonio Molinero, Bernardo Bech, Mariano Avellana, Cristóbal Soteras, José Ribalta, Antonio Callent y Miguel Manent llegaron al país en la según da semana de septiembre de 1873 al puerto de Valparaíso. Nadie los esperaba, porque, como sucede antes y ahora, los correos que anuncian llegadas andan detrás de los viajeros.
El ferrocarril que venía desde Valparaíso entró bufando en la estación de trenes de la capital de Chile. Preguntando, indagando, orientándose apenas en la penumbra de una ciudad desconocida, el grupo tanteó por callejuelas adoquinadas, acompañado al fin por un vendedor de canela y de frituras que llevaba una farola mortecina. Así se fueron los recién llegados hasta el barrio de Belén. Cuando cruzaron el canal de San Miguel pudieron distinguir la pobre torre de la capilla y la casa de adobes de la comunidad.
El hermano portero fue el primero en escuchar los aldabonazos de la llamada; pensó que nuevamente venia alguien en busca de auxilio para algún enfermo o que se trataba de un pobre en busca de cobijo.
-¿Quién es?- preguntó medio adormilado.
-¡Hemos llegado! ¡Somos nosotros! Dijo afuera una vocecita aflautada.
-¿Quién es?- repitió desconcertado.
-¡Soy el padre Soteras.... hemos llegado!
El hermano portero buscó en sus memoriales y se quedó en silencio. Afuera hubo un cuchicheo encrespado.
-¿Soteras?- preguntó, al fin.- No conozco ningún Soteras.
Entonces distinguió una voz recia:
-¡Déjeme a mí!-dijo Mariano Avellana acercándose a la puerta. Infló el pecho y el vozarrón le salió como un cañonazo:
-¡Abra la puerta, por amor de Dios, que venimos llegando del otro mundo!
El portero dio un respingo, quedó unos instantes alelado y después corrió hacia adentro golpeando puertas hasta detenerse ante la habitación del padre Vallier.
-Llega gente que dice que viene del otro mundo!-chilló, espantado.
En la casa humilde hubo rimbombo de parlería y varios misioneros corrieron hacia la puerta que daba a la calle.
Marcos Domínguez abrió el cerrojo y al primero que vio fue al padre Mariano, sonriente y atronador.
-¡Por fin, hermanos, vaya por Dios! ¿No llegó nuestro aviso? ¡Somos nosotros, hermanos!
Hubo abrazos de bienvenida, exclamaciones de asombro, de alegría, de titiritaina, y como de costumbre ya que se trataba de españoles, ante la mirada atónita del vendedor de frituras que los había acompañado, todos se pusieron a hablar al mismo tiempo, entendiéndose sin escucharse, en medio de un clamoreo de pajarería, disparando preguntas que no podían tener respuesta porque se atropellaban unas a otras: el aviso que no llegó, la travesía del mar, la salud del padre general, las noticias de Europa, la nueva fundación de La Serena, el clima de Santiago, el amparo del Corazón de María para una travesía de peligro...
Poco después, reunidos en la capilla, cantaron el Tedeum, pidieron perdón por haber faltado al reglamento de silencio y se fueron al descanso que niba a reparar las fuerzas y aquietar las emociones, sin saber que una hora más tarde, en plena madrugada, nuevamente se iban a encontrar todos en el corredor de ladrillos disparejos, con el corazón acelerado con golpes de tambor de guerra.
Mariano Avellana entró en su nueva habitación con el alma contenta por haber llegado a destino. Miró las paredes blanqueadas con cal que apenas disimulaban los adobes de tierra y paja, el camastro humilde y la mesa con el Santo Cristo. Se arrodilló un tiempo largo junto a la cama; le dijo a Dios que esa amanecida empezaba una etapa nueva que sospechaba iba a ser decisiva para su vida. Repitió lo que había jurado en el año de probación del noviciado, en el sur de Francia, cuando pidió ser admitido en la congregación misionera:
-En esta tierra bendita me tengo que hacer santo; si no es así, Señor, te pido que me llames pronto a tu lado. Mi decisión es: o santo, o muerto.
Oró un tiempo que le pareció breve. Cuando se puso de pie sintió algo así como la sensación de seguir aún navegando en alta mar.
-Es el cansancio del viaje- pensó.
Pero era algo indefinible, un ruido de muchas aguas en alguna parte que no podía precisar. Inmediatamente vino el crujido de la madera de los marcos de la puerta y todo el piso se movió haciéndole trastabillar. El santo Cristo de la mesa también se movía, y la mesa y el camastro se desplazaron en medio de un cuarteo de paredes.
Salió al corredor y se encontró con toda la comunidad despavorida.
-¿Qué es esto?- gritó.
-¡Un temblor! ¡Un temblor de tierra!
-¿Y qué se hace?-preguntó, ingenuo, ante una experiencia absolutamente desconocida e incontrolable.
El movimiento mugió un tiempo breve que les pareció eterno. Después todo volvió a la calma, quedando solamente una quebradura de vidrios y las techumbres algo desencuadernadas.
-¡Todo ha pasado!-dijo el padre Vallier, aparentando serenidad.- ¡Ya todo ha pasado! Volvamos al descanso y que Dios tenga misericordia de nosotros.
La ciudad, que se había despertado sobresaltada por el temblor, cayó de nuevo en la modorra del sueño. La gente se tiró a medio vestir sobre los lechos, porque ya era la madrugada y por tener la experiencia de trescientos treinta años.. Santiago durmió esa noche cerrando un solo ojo.

 

Capítulo Cuarto

 

Los sauces llorones de las orillas de las riadas y los esteros han sido los primeros en darse cuenta que el invierno se ha ido para otras partes; a fines de agosto les asoman en las ramas unos brotecitos verdes, recién lavados, y poco después todas las arboledas se ponen rosadas, blancas y violetas, en una floración de fantasía.
La zona central de Chile es un jardín que contemplan con gozo los misioneros José Coma, Cristóbal Soteras y Mariano Avellana mientras cabalgan por la pradera, en octubre de 1873, iniciando un recorrido evangelizador que terminará a fines del año. Van a predicar en parroquias rurales: la capilla delos Miranda que depende de la parroquia de Doñihue, Pichidegua, El Manzano de Peumo y la hacienda de Aculeo, en el curato de Maipo.
Aquella misión primeriza en Colina había sido un buen anticipo.
En el cielo limpio, gozando también de la primavera, las golondrinas hacen piruetas de artista y Soteras y Avellana creen que son vencejos, porque llevan apenas treinta días en Chile y están descubriendo un mundo nuevo.
-Aquí no hay vencejos- dice el padre Coma.- Estas son golondrinas que se vienen en la primavera desde Africa, desde Europa, desde "donde el diablo perdió el poncho y la diabla la pollera" como dicen aquí los campesinos. Más de alguna, quizá, venga desde nuestra España.
El tren los ha dejado en Rancagua, ciudad campesinas que los invasores quisieron llamar Santa Cruz de Triana. Siguen a caballo hacia el poniente, acercándose a las moles de piedra y tierra cubiertas de arbustos y de matojos, creyendo que se trata de la cordillera de la costa.
Recién al seguir el curso del río Cachapoal se dan cuenta que se trata nada más que de una cadena de montes alzados a medio camino, porque al rodear peñascos en busca del caserío de los Miranda, divisan, casi azules por la distancia, los cerros de la costa.
En la juntura del estero de La Cadena y el río Capachapoal detienen las cabalgaduras para descansar. Miran hacia atrás y ven la cordillera de los Andes tijereteada en picachos nevados como si el mismo Dios, después de haberla inventado, le hubiera dado unos mordisquitos para comprobar si le había quedado de crema.
Llegan a la capilla delos Miranda y allí se quedan una semana. Después siguen hacia Coltauco.
Los campesinos más viejos les dicen que el nombre del pueblo tiene que ver con ranas y con esteros.
.Así le pusieron- afirman-. Por las noches van a oir, efectivamente, el canto de los colchaucos como una letanía que sube desde los arroyos.
A la entrada de la casa parroquial los misioneros ven la imagen de la Virgen y se sienten, entonces, en su propia casa porque estála madre que va a cuidarlos en la misión.
El párroco Martín Boy los recibe a toques de campana y la actividad comienza en un clima de entusiasmo que reúne a gentes venidas desde muy lejos para escuchar las predicaciones, cantar alabanzas, renovar la vida cristiana en la confesión y la comunión, aprender la doctrina y "cumplir con Dios", como aseguran. Son diez días que le cambian el ritmo adormecido de los oficios de la tierra.
En los sermones morales, el padre Coma fustiga a los bodegueros y denuncia las borracheras que en el mes de septiembre han sido colosales en un pueblo que no tiene otra diversión para los días de fiestas patrias: solamente beber jarros de chicha hasta perder las entendederas y zapatear cuecas que levantan nubes de polvo al ritmo vibrante de las guitarras jaraneras.
En los sermones también se repasa el catecismo.
Los chiquillos de las primeras filas, sentados en el suelo, escuchan asuntos de ángeles y se les graba en la memoria que cada uno tiene alguien que lo acompaña para protegerlo de los peligros y anotar en un cuaderno invisible todas las obras buenas.
Los adultos oyen hablar de historias de patriarcas y de profetas, de apóstoles y de evangelistas, sin lograr separar en el tiempo las diversas vivencias: para ellos Moisés, San Pedro y el arzobispo Valdivieso pertenecen todos a una misma generación y vienen a ser lo mismo. Pero confirman lo que han escuchado a los viejos, a los abuelos, a los abuelos de los abuelos, por centurias, y que han quedado en estribillos y décimas que algunos van cantando en las noches de vigilia de las fiestas patronales.
Es la doctrina cristiana en su versión más pura la que ellos anuncian cuando el guitarrón desgrana notas recordando la historia del hijo pródigo:

Aquí estoy, regalo mío.
Prepara bien tus cordeles;
Yo la carne, tú el cuchillo,
¡corta por donde quisieres!

Perdóname, padre amado,
Porque arrepentido estoy;
De tu casa no me voy
Sin haberme perdonado.
Soy mendigo despreciado
Porque tanto te he ofendido.
Tengo el corazón herido
Y en mi alma siento pena;
Pa romper estas cadenas,
Aquí estoy, regalo mío.

Yo soy el pródigo hambriento,
Desengañado del mundo,
con sentimiento profundo
Deliro en cada momento.
Tengo el arrepentimiento
Al ver mis penas crueles
Nadie de mí se conduele,
No tengo ningún amigo;
Para que me des castigo,
Prepara bien tus cordeles.

De tu hijo ten clemencia
Ya que te pide perdón
Y me duele el corazón
Por esta triste experiencia.
Si cometí una imprudencia
A tus plantas me arrodillo,
Arrepentido me humillo
Si me quieres castigar;
Hoy me vengo a presentar,
Yo la carne, tú el cuchillo.

Por buscar mi libertad
Es así que perdí el gozo
Y un pesar muy angustioso
Tuve por tanta maldad.
Yo dejé tu autoridad
Para gozar los placeres;
Dejé a un lado mis deberes
Y siento ya un gran dolor;
Para demostrar mi amor
Corta por donde quisieres.

Al fin el padre encontró
A su hijo regalón;
Con devoto corazón
Su delito perdonó.
En sus brazos lo estrechó
Con amor y regocijo:
¡Ven a mis brazos- le dijo-
que el mismo amor que dejaste
otra vez encuentras, hijo!

Después del rezo del Rosario y las tres Avemarías acostumbradas para pedir al Corazón de María interceda por la conversión de los pecadores, el pueblo reunido dentro del templo parroquial de Coltauco y apiñado en la plazuela, también ha cantado un estribillo que enseñan los misioneros:

-Si al cielo quieres ir
a recibir tu palma,
a Dios en cuerpo y alma
has de amar y servir...

Mariano sube al púlpito y empieza el sermón con voz grave. Anuncia el primer punto que habla de la misericordia de Dios. Después repite lo mismo con otras palabras y sigue diciendo lo mismo mientras siente el sudor que le corre por la frente y por la espalda, sin que la memoria venga en su auxilio para sacarlo del entrevero en que está atascado.
-Padre Mariano- dice al día siguiente a la hora de la oración, el padre Coma.- ¿Qué le sucedió ayer? ¿Por qué trató solamente el primer punto del sermón repitiéndolo tantas veces?
-¡Porque se me olvidaron los otros!
-¿No se dio tiempo para la preparación?
-¡Sí, creo que sí, pero se me olvidó todo!
-Acostúmbrese a dominar los nervios. Con ese vozarrón que Dios le ha dadopuede hacer mucho bien al predicar las verdades del Evangelio; pero no le servirá de nada si se lo comen los nervios.
-¿Y qué hay que hacer?
-Ensaye, ensaye y repase, escriba una y otra vez lo que ha de decir, para ayudar a la memoria. Vaya bajo los árboles y écheles el sermón a las ramas, a los pájaros, al viento. Repítalo muchas veces hasta dominar el orden de los pensamientos.
Mariano acusa el golpe. Nunca más se lo tendrían que decir. En Santiago, el padre Vallier lo veía llegar risueño y decidido pero a la vez humilde, para pedirle un favor que al superior le quitaba tiempo pero que daba por bien empleado porque sabía que estaba afilando una espada que entraría después en muchos corazones necesitados de conversión.
Mariano le pedía que escuchara sus sermones y le hiciera la crítica fraterna pero descarnada. Ambos se encerraban en la capilla que servía para la reunión comunitaria,en cualquier parte, hasta bajo las palmeras cercanas de un sitio eriazo. Vallier escuchaba con paciencia y hacía observaciones atinadas que mejoraban la dicción, destacaban una idea, remarcaban los momentos fuertes del discurso.
En poco tiempo Mariano pudo dominar la técnica de la predicación que avalada con su voz poderosa lo fue convirtiendo en un verdadero misionero popular.
El cura de Coltauco, en aquella ocasión, le escribe al Vicario general del arzobispado:
-Pongo en su conocimiento que el 22 de octubre se principió la misión en esta iglesia parroquial y terminó el 1 de noviembre, confesando y comulgando 2.900 personas, quedando sin comulgar, además, cien niños de primera confesión. La misión ha durado once días por la mucha concurrencia y, sin embargo, han quedado sin confesarse más de 500 personas que, al haberlas confesado, la misión hubiera durado quince días, cosa que no ha sido posible conseguir delos misioneros por tener su tiempo calculado. No terminaré esta carta sin recomendar a usted a los misioneros, por la sencillez en la predicación y por la bondad y buen trato en las confesiones, y a esta última cualidad atribuyo la asistencia de la gente... Martín Boy, Cura y vicario de Coltauco.
Por su parte, después de esta misión, el padre Avellana deja anotados algunos propósitos que va a mantener desde los comienzos como predicador del evangelio:
-Reprimiré la pasión de la ira para que no paguen justos por pecadores. No entraré en discusiones con nadie, mayormente en las misiones. Eligiré siempre lo más trabajoso y repugnante para mí. Para con Dios tendré un corazón de hijo, para con los demás un corazón de madre y para conmigo una severidad de juez...
Por esos caminos empezó su trabajo para ser santo.
Dominar el genio, reprimir los enojos, tener un corazón de madre para con todos... Harto le iba a costar. Un temperamento arrebatado como el suyo tendría que dar una lucha constante entre la serenidad y la furia.

 

Capítulo Quinto

Lo que pasaba era que Mariano había nacido en una tierra bravía, famosa por su gente sin doblez y también por su dureza de mollera: el reino de Aragón, en España.
Vio la luz de este mundo en Almudévar, cerca de Huesca: una población pequeña con calles empedradas y una plaza pequeña sin soportales, que apiñaba sus casas en medio de campos de poco regadío: gente que barajaba industrias menores de curtidos y telares.
Habían sido ocho los hijos de Francisco Avellana y Rafaela Lasierra, labradores de buen pasar y con algunos títulos que acreditaban nobleza. Pero cuatro hermanos ya habían fallecido. Con Mariano solamente quedaban Francisca, María Teresa y Francisco, el que había heredado las tierras y los bienes.
Por la tierra, por la sangre y por los tiempos recios de peleas por el trono de España que le había tocado vivir, le venían a Mariano esos arrebatos de bravura que le costaba dominar.
En realidad, había vivido en su patria situaciones duras, especialmente en el campo religioso, porque los españoles siempre han tenido que contar con la Iglesia; para amarla o para abofetearla, según fuera el estado de ánimo o las dolencias de hígado de los gobernadores. Esa situación la reflejaba bien quien dijo que los españoles van siempre detrás de los curas: a veces con una vela y cantando, otras veces con un palo y gritando.
Los años inmediatamente anteriores a su nacimiento, en 1844, fueron los tiempos de las segundas guerras carlistas, cuando los partidarios de don Carlos de Borbón se alzaron nuevamente en guerrillas contra la reina Isabel II.
Mariano había pasado su primera infancia en su pueblo y terminada la primera enseñanza, a los 11 años, le habían enviado a matricularse en el Instituto de Huesca, alojando en la casa de los tíos Benito Avellana y María Gimeno. Allí estaba también la prima Clementina.
Jugando con ella y con los otros muchachos de la comarca, se había encaramado un día por las almenas del castillo viejo, imaginando que perseguía moros y rescataba princesas cristianas, hasta que cedió una torrecilla, resbaló por las paredes de piedra, sintió el corazón latiéndole en las orejas y fue a parar al fondo de un foso en una caída de varios metros, quedando aturdido.
-¡Se mató mariano! ¡Mariano cayó al foso!-chillaron los muchachos y se fueron espantados y a la carrera para avisar la desgracia.
La tía María llegó, desolada. Cuando nuevamente el chico abrió los ojos, se encontró en su cama, sintiendo todo el cuerpo magullado.
Sin embargo poco después nuevamente andaba corriendo por las cercanías del castillo o haciendo travesuras en las clases del señor Antonio, un viejecito casi ciego que era profesor del Instituto.
-Tiene carácter divertido, travieso, no es piadoso, pero tampoco es malo- dijo un día el profesor.- Es un temperamento vivaz. Dios quiera que no lo expulsen del seminario.
En efecto, tras algunos cursos, a los 14 años, Mariano se había matriculado como alumno externo del seminario de Huesca, in tegrándose de inmediato a "los macabeos", un grupo de alumnos buenos estudiantes, buenos amigos, pero tan revoltosos, que eran el permanente dolor de cabeza para los rectores del seminario.
Eran años de gran fervor patriótico. España había declarado la guerra a Marruecos y sus tropas habían entrado, por fin, en Tetuán. Ganada la guerra, el general Ortega, partidario de don Carlos de Borbón, se levantó de nuevo en armas contra Isabel II.
En el fondo de su alma, mariano, con sus 17 años que le enardecían las venas, era también carlista. Por eso vio angustiado que las tropas de la reina aplastaban la rebelión y que el general ortega era fusilado junto a otros cabecillas.
Quizá debido a situaciones alborotadas que tenían que repercutir de algún modo al interior del seminario de Huesca, la inquietud interior que se manifestaba en su viveza y alegría, le hizo pasar a Mariano momentos amargos. Siendo un regular estudiante, el profesor Dámaso Tresaco le hizo repetir un curso de filosofía.
En los veranos se iba a Almudévar para trabajar codo a codo en las tareas campestres con los aldeanos que laboraban las tierras familiares.
Pero había algo más; también un desasosiego interior que lo lanzaba a mirar el horizonte de su vida más allá de más allá. Vislumbraba una llamada de Dios que le iba a marcar a fuego lo más recóndito del corazón.
Decidió, entonces, ingresar como interno en el seminario de Huesca. Allí cambió su vestimenta. El seminario para alumnos que deseaban ser curas exigía llevar el cabello recortado, vestir un manto azul cubriendo la camisa blanca y el pantalón oscuro; también prohibía fumar tabaco, ir a espectáculos y poner apodos a los compañeros.
El reglamento decía que al desayuno los seminaristas tomarían una jícara de chocolate, pan y agua. A mediodía había sopa variada, cocido con alguna pitanza de carne o tocino, pan y un vaso de vino. Por la noche, ensaladas crudas, muy recomendadas por los padres espirituales, guiso y media libra de pan.
En 1861 Mariano ingresó como interno al seminario y un par de años después el obispo Basilio Gil llamaba a los misioneros Hijos del Corazón de María para que establecieran una comunidad en Huesca.
Esa circunstancia fue providencial para la vida de algunos seminaristas y profesores.
Uno de estos últimos, quizá el de mayor prestigio a pesar de su juventud, don Pablo Vallier, pidió ingresar en la congregación de misioneros.
Ni él ni Mariano Avellana podían sospechar entonces que se iban a encontrar de nuevo al otro lado del mundo, en las misiones de Chile: uno como superior de los misioneros y Mariano como predicador por campos y poblados, en un país que ambos iban a amar como a su propia vida.

 

Capítulo Sexto

l obispo Basilio Gil, prelado doméstico de Su Santidad, asistente al Sacro Solio Pontificio, Noble romano, Gran Cruz de Isabel Católica, Caballero de la Orden de Carlos IIII, y del Consejo de Su Majestad, hizo su entrada como nuevo pastor de Huesca, en 1862, en medio de la algazara popular y los humos de las celebraciones litúrgicas.
Desde la ermita de Nuestra Señora de Salas lo habían llevado en procesión hasta la basílica de San Lorenzo mártir, patrono de la ciudad. Autoridades y pueblo entraron en la catedral cantando el Tedeum a las cuatro de la tarde del 1 de julio de 1862.
Esa misma noche los seminaristas le dieron una serenata y quemaron fuegos de artificio en la plaza mayor, en una fiesta de proporciones.
Después volvieron a la preparación de exámenes, porque eran los días ácidos del fin del año escolar, quemándose las pestañas en los textos de Juan Chavarri, de Scavinni, y del padre Perrone.
Así sucedía todos los años, aunque, desde luego, no todo iba a ser estudio, oración y conferencias. Los seminaristas, como siempre, tenían la cualidad extraordinaria de los perros zorreros para detectar fiestas y avivar jolgorios.
En los días del carnaval de 1865, los ánimos de los estudiantes estaban inquietos. No les habían permitido salir a presencia el baile de máscaras ni la guerra de las flores ni la quemazón del muñeco que representaba a las autoridades del mundo. El mismo domingo de "piñata" sospechaban que iba a ser de encierro.
El rector creyó conjugar sabiamente la situación ofreciendo un día de campo hasta Tires, junto al río Flumen: una caminata larga y cansadora que los jóvenes recibieron como una mala noticia. Su único objetivo era ir al pueblo a participar de las fiestas. El profesor Blas Goñi escuchó la petición, enarcó las cejas, y negó el permiso rotundamente. De inmediato el ambiente se pudo caldeado, a pesar de ser un día frío.
Ante don Blas Goñi se volvió a presentar esta vez una comisión de cinco seminaristas, los más elocuentes y decididos, delegados por el grupo para insistir en la autorización. Mariano Avellana, desde luego, era uno de ellos, y tuvo que escuchar una segunda negativa tremebunda, tras un diálogo áspero en el que volaron palabras duras.
Cuando la comisión dio cuenta del resultado de su gestión, el seminario ya estaba convertido en una tremolina de tempestad.
-¡Al pueblo! ¡Al pueblo!- gritaron voces desafiantes.- ¡No somos niños, nos tratan como animales de arreo!
Entre los gritos, don Blas creyó escuchar los epítetos de bruto e inepto, y la corajina le encendió la cara.
-¡Nos sacan a caminar como a los mulos y para colmo nos dan una pésima comida! ¡Al pueblo, al pueblo!
Los cinco cabecillas se pusieron entonces a recoger firmas para presentar un escrito al mismísimo obispo denunciando lo que consideraban malos tratos.
Cuando entregaron el papel a don Blas Goñi, el profesor escuchó aterrado gritos que avivaban la filantropía y la libertad.
De todos modos dio la orden de salir al paseo y treinta y tres seminaristas se sentaron en el piso negándose a una caminata que les parecía castigo de galera.
Creció el tumulto. Pasaron las horas. Y cuando la noche cayó sobre Huesca, don Blas recibió la última advertencia: o entregaba de inmediato el documento al obispo o esa noche se salían del seminario los treinta y tres rebeldes.
Por fin se impuso la cordura y todos decidieron esperar la respuesta del obispo Gil. Pero el obispo estaba tan desconcertado que en lugar de dar una solución medianamente aceptable, envió, al día siguiente, a su vicario general para que se informara de la revolución, con orden de llamar a la guardia civil si se continuaba con el descontento.
Mientras tanto, decretaba la inmediata expulsión del seminario, por lo menos en forma interina hasta aclarar los acontecimientos, de los cinco adalides de la comisión.
-¡Si los expulsan definitivamente, nos retiramos todos!-dijeron los otros, desafiantes, comprometidos en una fidelidad solidaria a toda prueba.
La prensa anticlerical conoció los hechos con alborozo y los lanzó al comistrajo de la opinión pública, comentando con burla lo acontecido:
-En el seminario de Huesca estalló un motín de padre y señor mío. Los alumnos internos no podían llevar con paciencia las infinitas prohibiciones de conversar con los externos, de asomarse a las ventanas, amén de los eternos huevos y el bacalao con que cada día y noche embuchan sus estómagos. Así es que treinta y cuatro alumnos teólogos fueron osados a turbar la calma de aquel lugar donde la paz del sepulcro tiene su asiento, y cuentan que el secretario del palacio episcopal, con un palmo de lengua fuera de la boca, los manteos echados a las espaldas, todo azorado y sudando, corrió en busca de la guardia civil que encontró a los insurrectos firmando una exposición en la que manifestaban sus deseos de ser expulsados del seminario. Nosotros no aplaudimos la conducta de estos mancebos incautos, pero tampoco dejamos de conocer que el sistema de prohibiciones fomenta la hipocresía. Por lo demás, ¿en qué van a pensar con los estómagos con bacalao y la inteligencia vacía de enseñanza?"
Cuatro días después del alboroto, el obispo Gil se presentó en la casa de estudios para aclarar la situación. Conocedor de los hechos, exigió cartas personales de arrepentimiento a los cinco expulsados del seminario, solicitando benignidad.
Mariano Avellana, aprovechando la coyuntura de su expulsión, se había ido al pueblo Montflorite para asistir al casamiento de su hermano Francisco con Josefa López.
Francisco era el heredero de la familia Avellana Lasierra; por eso se había comprometido a sostener económicamente los estudios de Mariano; pero era un compromiso que Josefa López no quiso entender. Pensaba que ese dinero le correspondía como parte de los bienes de su marido. Por eso miraba a Mariano con ojos envidiosos y desconfiados. Fue todavía más lejos: acusó al seminarista de robarle parte de sus bienes y declaró que no quería verlo nunca más.
Desconcertado, desilusionado, Mariano comprendió que si en el seminario puede haber intereses creados a causa del egoismo humano, al fin y al cabo, se trataba de un grupo de hombres y no de ángeles; pero que también en la vida matrimonial el egoísmo asomaba sus orejas y la ambición podía reinar pisoteando los buenos sentimientos. Entendió, por fin, que si bien su hermano Francisco había heredado bienes y tierras, lamentablemente no había heredado un carácter recio ni el amor por el trabajo. Era Josefa López quien en adelante iba a pensar, decidir y actuar.
Escribió, entonces al obispo Gil:
-"Mariano Avellana, estudiante de teología, con el mayor respeto, expone: que ha tenido la desgracia de hallarse complicado en el delito de des-obediencia perpetrado en el seminario, y como tal, expulsado del establecimiento...Pero en medio de todo siento en el fondo del corazón un impulso irresistible que me obliga a exclamar: ¡me levantaré y volveré junto a mi padre! Señor, ha sido grande mi delito, pero no es menor mi sentimiento; lo que más me aflige es verme imposibilitado de seguir la vocación al sacerdocio que el Dios de las misericordias ha depositado en mi alma..."
Con esta carta en las manos, el obispo Gil aceptó las disculpas creyendo que todo había sido producto de alborotos juveniles. Pero también creyó llegada la hora de establecer cerca de Huesca otro centro formativo, precisamente para los alumnos que terminaban los estudios eclesiásticos con la intención de profundizar su espiritualidad.
En 1867 logró establecer en la Villa de Sesa, a veinte kilómetros de Huesca, junto al santuario de Nuestra Señora de la Jarea, un local para los seminaristas de los últimos cursos.
En ese punto casi ignorado por los mapas, por el que pasaban solamente dos caminos, uno para carretas con ruedas y otro para cabalgaduras con herraduras, Mariano vio llegar el momento de solicitar el diaconado como paso previo al sacerdocio.
A fines de noviembre, el rector don José Monclus, comunicó a los candidatos al diaconado la respuesta del obispo. Ciertamente no todos los candidatos al diaconado recibieron la aprobación. La rebelión de 1865 cuando los seminaristas habían querido ir a los bailes de disfraces y quemar petardos y cantar coplas, aún penaba como una mala sombra.
-También comuniqué la negativa a los señores Avellana y Comas- escribió el rector en comunicación al obispo.- Este último quedó tan tranquilo e indicó que ya lo sospechaba. Avellana, en cambio, perdió el color y quedó silencioso, como herido por un rayo. Después de unos momentos exclamó: ¡han pasado cuatro años, tres en Huesca y éste en Jarea, y no expiaré nunca la culpa del delito aquel...!¡ Ya le dije, señor rector, que si veía algún defecto en mí, me lo avisara para corregirme!
Don José Monclus quedó también conmovido. Veía en Mariano grandes cualidades y estaba dispuesto a defender su causa ante el obispo:
-Yo lo considero irreprensible- escribió.- Hace grandes servicios y es el que sostiene con su voz el canto del coro en todas las liturgias.
Por segunda vez los caminos de Dios se le atravesaron en el sendero al obispo Gil. Llamó a Mariano, cambió su anterior decisión, le dio la orden del diaconado y en septiembre del año siguiente adelantó el tiempo normal de las ordenaciones para el sacerdocio, como previendo los días agitados de persecución religiosa que se le vinieron encima a él y a toda la iglesia en España.
El 19 de septiembre de 1868,en el oratorio privado del obispo Basilio Gil, Mariano sintió sobre su cabeza las manos del pastor que lo consagraba presbítero. Cuatro meses antes había cumplido los 24años de edad.
Cantó la primera Misa en Almudévar y cambió los festejos previstos para esa ocasión por un abundante almuerzo para todos los pobres del pueblo.
El mismo día de su ordenación sacerdotal,el general Prim se había sublevado al frente de la escuadra gritando ¡Viva España con honra! Y expulsó del trono a la reina Isabel II. La soberana huyó al destierro y se proclamó la república. En todas las ciudades y pueblos se organizaron juntas revolucionarias, y como era una revolución española, de inmediato empezó la quemazón de templos, el desbaratamiento de todas las órdenes religiosas, el envío al destierro del Nuncio del Papa y de los obispos, y la apropiación de los bienes clericales.
En Huesca, el obispo Gil salió al destierro en la mañana del 6 de octubre y murió dos años después mientras asistía a las sesiones del Concilio Vaticano I, al que había citado el papa Pío IX como remedio desesperado ante todos los males que lo afligían.
El seminario fue cerrado. Mariano, ya sacerdote, tuvo que seguir en forma privada el séptimo año de teología acudiendo casi a escondidas a las casas de los profesores.
Terminados definitivamente los estudios, el joven cura fue designado ayudante de la parroquia de San Pedro el Viejo, en Huesca, curato histórico que guardaba en su templo los huesos del rey don Alfonso el Batallador y los de Ramiro II el Monje, soberanos del reino de Aragón.
El cura se desenvolvió bien en tareas que le causaban especial alegría porque se trataba de la dignidad de la liturgia: era el encargado de las funciones corales.
Pero una idea le andaba revoloteando con la insistencia de una golondrina que busca amparo y cobijo por unos momentos para medir horizontes y emprenderle vuelo hacia donde se terminan las distancias.
El ejemplo lo había dado don Pablo Vallier, profesor del seminario de Huesca, ingresando a la congregación de misioneros. Poco después habían realizado lo mismo otros sacerdotes amigos de Huesca y aún de Almudévar: don Orencio Piracé y don Gregorio Labarta.
También Mariano se decidió. A los dos años cabales de haber recibido la ordenación presbiteral, comunicó a todos su determinación; se fue a su pueblo para la despedida y solicitó el ingreso al noviciado de los Hijos del Corazón de María, en el sur de Francia, a donde los había desterrado la ola revolucionaria.
En septiembre de 1870 llegó a su nuevo destino para entrevistarse con el superior general Padre José Xifré.
El hombre alto y huesudo, rector como un mástil y con las cejas cargadas de sabiduría y reciedumbre, miró al joven cura, le presentó las exigencias de la nueva vida que deseaba seguir y le dijo desde el comienzo que el asunto era serio pero apasionante.
Precisamente en esos días, el arzobispo Claret, el fundador del grupo, pasaba unos días en el noviciado huyendo de la persecución, enfermo y cansado por los trabajos del evangelio.
-El ejemplo lo tenemos en nuestro santo arzobispo- señaló Xifré, con su lenguaje telegráfico.- El que es de Cristo, sufre la cruz, como Cristo. El que esté dispuesto a darla vida entera, no sirve para esto. Tiene que ser una donación generosa. Y alegre. Dios sabe pagar con creces. ¿Está dispuesto?
Mariano ingresó al noviciado. Mientras tanto, Xifré y los otros misioneros llevaron al arzobispo hasta una abadía escondida entre los montes, porque los enemigos lo andaban buscando como los perros detrás de un venado. Las arboledas las pintó el otoño con un color de oro viejo. Al monasterio, Claret llegó para morir.
Mariano y los otros quince novicios que hacían el año de prueba para la vida misionera, recibieron entristecidos y abrumados las noticias de la muerte del fundador. El Padre Jaime Clotet llevó la noticia y la comunicó con los ojos enrojecidos.
Pasó el otoño.Pasó el invierno.
Metido de lleno en los afanes de su preparación espiritual, Mariano continuó dando una severa lucha para dominar su propio temperamento.
-Mi lema será: ser santo o pedirle a Dios que me envíe la muerte. O santo o muerto. Ese es el desafío.
El mismo Claret había trazado para sus misioneros la figura ideal de lo que deberían ser. Y Mariano se la tomó en serio:
-Un misionero Hijo del Corazón de María es un hombre que lleva en sí el fuego quemante del amor de Dios y con él va encendiendo el mundo por donde pasa.Un hombre que no debe arredrarse ante nada ni ante nadie; que llega a gozar en las privaciones y en los sacrificios; que piensa siempre en procurar la gloria de Dios y la salvación de toda la humanidad, sin importarle calumnias ni persecuciones...
Mariano tenía ese ideal ante sí y se comparaba con él como en un espejo. Entonces se encontraba pobre y necesitado, porque las ansias de comodidad,el ocio de la vida, la sensación de novedades y, particularmente, su temperamento arrebatado, le jugaban malas pasadas.
El lugar del noviciado le parecía estrecho. Se sentía encerrado en una jaula de la que deseaba salir pronto para poder correr, volar. En la habitación pobre que tenía por dormitorio abría las ventanas y se asomaba a la campiña, resoplando fuerte como para respirar los aires de la libertad a todo pulmón.
Una tarde, cuando escuchó al padre maestro de los novicios hacer una propuesta de ayuno a pan y agua por un día para dominar las apetencias y hacer mortificación, se le salió un grito del que tuvo que arrepentirse:
-¡Que sea a pan y vino, por lo menos!
Sin embargo iba ganando batallas.Las tentaciones más feroces eran las del sueño, el hambre y las ansias de comodidades.
En los escritos del noviciado dejó estampados algunos propósitos:
-Levantarme más a prisa. Sujetar la imaginación durante la oración. Celebrar la misa con mayor atención y rezar con más pausa. No hablaré de mí mismo ni me quejaré del frío o del calor. Refrenaré los sentidos, especialmente la vista y la lengua. Trataré con más caridad a mis hermanos...
Cuando al final del año de noviciado el Padre Xifré pidió informes para admitirlo o no a la congregación, el Padre Clemente Serrat, encargado de la formación de los novicios, anotó en un papel:
-Mariano Avellana parece de buena madera; pero hay que quitarle muchas astillas...
Xifré supo mirar a distancia. Confió en el joven sacerdote que le solicitaba el ingreso definitivo al instituto.
Dos años después le enviaba a Mariano una comunicación breve y precisa en la que le decía que lo destinaba a las misiones de Chile, integrando un tercer grupo de misioneros que irían a reforzar la comunidad de Santiago y especialmente para hacer posible la nueva fundación en La Serena.
En el humilde comedor de la comunidad, Mariano Avellana se puso de rodillas frente a sus hermanos y con voz segura y sonora pidió oraciones para poder cumplir en Chile su lema de o santo o muerto.
Los misioneros lo miraron, algunos sonrientes y otros pensativos. Uno de ellos se inclinó hacia su compañero de mesa y le expresó en voz baja algo que le salía del alma:
-¿Llegará a ser santo este Mariano? ¡De todo es capaz este aragonés!

 

Para seguir leyendo este libro

Con estos seis capítulos hemos querido incentivar al lector a conocer más a fondo la vida del Venerable Padre Mariano, relatada en el estilo del P. Agustín Cabré Rufatt, periodista y escritor.
Si el lector desea conocer y tener en su poder el libro completo, lo invitamos a dirigirse al Vicepostulador de la Causa del P. Mariano, por alguno de los medios siguientes, a través de los cuales se puede solicitr el libro “Mariano, o la fuerza de Dios”:

Vicepostulador Causa Ven. P. Mariano Avellana:
Casilla 2989, Santiago-21. Chile.
Teléfono: (56) 226 95 34 15.
Correo electrónico: abarahona@eccla.cl
Página web: http://www.padremariano.org/peticiones/

 

Padre Mariano Avellana | Misionero Claretiano | 2015