Mariano, o la fuerza de Dios (Capítulo quinto)

Biografía del Venerable P.Mariano Avellana Lasierra,
Misionero claretiano
Apóstol de los enfermos, los presos y los más necesitados

                                                                  Agustín Cabré Rufatt, cmf

Capítulo quinto

Lo que pasaba era que Mariano había nacido en una tierra bravía, famosa por su gente sin doblez y también por su dureza de mollera: el reino de Aragón, en España.
Vio la luz de este mundo en Almudévar, cerca de Huesca: una población pequeña con calles empedradas y una plaza pequeña sin soportales, que apiñaba sus casas en medio de campos de poco regadío: gente que barajaba industrias menores de curtidos y telares.

Habían sido ocho los hijos de Francisco Avellana y Rafaela Lasierra, labradores de buen pasar y con algunos títulos que acreditaban nobleza. Pero cuatro hermanos ya habían fallecido. Con Mariano solamente quedaban Francisca, María Teresa y Francisco, el que había heredado las tierras y los bienes.

Por la tierra, por la sangre y por los tiempos recios de peleas por el trono de España que le había tocado vivir, le venían a Mariano esos arrebatos de bravura que le costaba dominar.

En realidad, había vivido en su patria situaciones duras, especialmente en el campo religioso, porque los españoles siempre han tenido que contar con la Iglesia; para amarla o para abofetearla, según fuera el estado de ánimo o las dolencias de hígado de los gobernadores. Esa situación la reflejaba bien quien dijo que los españoles van siempre detrás de los curas: a veces con una vela y cantando, otras veces con un palo y gritando.

Los años inmediatamente anteriores a su nacimiento, en 1844, fueron los tiempos de las segundas guerras carlistas, cuando los partidarios de don Carlos de Borbón se alzaron nuevamente en guerrillas contra la reina Isabel II.

Mariano había pasado su primera infancia en su pueblo y terminada la primera enseñanza, a los 11 años, le habían enviado a matricularse en el Instituto de Huesca, alojando en la casa de los tíos Benito Avellana y María Gimeno. Allí estaba también la prima Clementina.

Jugando con ella y con los otros muchachos de la comarca, se había encaramado un día por las almenas del castillo viejo, imaginando que perseguía moros y rescataba princesas cristianas, hasta que cedió una torrecilla, resbaló por las paredes de piedra, sintió el corazón latiéndole en las orejas y fue a parar al fondo de un foso en una caída de varios metros, quedando aturdido.

-¡Se mató mariano! ¡Mariano cayó al foso!-chillaron los muchachos y se fueron espantados y a la carrera para avisar la desgracia.

La tía María llegó, desolada. Cuando nuevamente el chico abrió los ojos, se encontró en su cama, sintiendo todo el cuerpo magullado.

Sin embargo poco después nuevamente andaba corriendo por las cercanías del castillo o haciendo travesuras en las clases del señor Antonio, un viejecito casi ciego que era profesor del Instituto.

-Tiene carácter divertido, travieso, no es piadoso, pero tampoco es malo- dijo un día el profesor.- Es un temperamento vivaz. Dios quiera que no lo expulsen del seminario.

En efecto, tras algunos cursos, a los 14 años, Mariano se había matriculado como alumno externo del seminario de Huesca, in tegrándose de inmediato a “los macabeos”, un grupo de alumnos buenos estudiantes, buenos amigos, pero tan revoltosos, que eran el permanente dolor de cabeza para los rectores del seminario.

Eran años de gran fervor patriótico. España había declarado la guerra a Marruecos y sus tropas habían entrado, por fin, en Tetuán. Ganada la guerra, el general Ortega, partidario de don Carlos de Borbón, se levantó de nuevo en armas contra Isabel II.
En el fondo de su alma, mariano, con sus 17 años que le enardecían las venas, era también carlista. Por eso vio angustiado que las tropas de la reina aplastaban la rebelión y que el general ortega era fusilado junto a otros cabecillas.

Quizá debido a situaciones alborotadas que tenían que repercutir de algún modo al interior del seminario de Huesca, la inquietud interior que se manifestaba en su viveza y alegría, le hizo pasar a Mariano momentos amargos. Siendo un regular estudiante, el profesor Dámaso Tresaco le hizo repetir un curso de filosofía.

En los veranos se iba a Almudévar para trabajar codo a codo en las tareas campestres con los aldeanos que laboraban las tierras familiares.

Pero había algo más; también un desasosiego interior que lo lanzaba a mirar el horizonte de su vida más allá de más allá. Vislumbraba una llamada de Dios que le iba a marcar a fuego lo más recóndito del corazón.

Decidió, entonces, ingresar como interno en el seminario de Huesca. Allí cambió su vestimenta. El seminario para alumnos que deseaban ser curas exigía llevar el cabello recortado, vestir un manto azul cubriendo la camisa blanca y el pantalón oscuro; también prohibía fumar tabaco, ir a espectáculos y poner apodos a los compañeros.
El reglamento decía que al desayuno los seminaristas tomarían una jícara de chocolate, pan y agua. A mediodía había sopa variada, cocido con alguna pitanza de carne o tocino, pan y un vaso de vino. Por la noche, ensaladas crudas, muy recomendadas por los padres espirituales, guiso y media libra de pan.

En 1861 Mariano ingresó como interno al seminario y un par de años después el obispo Basilio Gil llamaba a los misioneros Hijos del Corazón de María para que establecieran una comunidad en Huesca.

Esa circunstancia fue providencial para la vida de algunos seminaristas y profesores.
Uno de estos últimos, quizá el de mayor prestigio a pesar de su juventud, don Pablo Vallier, pidió ingresar en la congregación de misioneros.

Ni él ni Mariano Avellana podían sospechar entonces que se iban a encontrar de nuevo al otro lado del mundo, en las misiones de Chile: uno como superior de los misioneros y Mariano como predicador por campos y poblados, en un país que ambos iban a amar como a su propia vida.

Capítulo Sexto