Mariano, o la fuerza de Dios (Capítulo tres)

Biografía del Venerable P.Mariano Avellana Lasierra,
Misionero claretiano
Apóstol de los enfermos, los presos y los más necesitados

                                                                  Agustín Cabré Rufatt, cmf

 

Capítulo Tercero

En realidad, era Belén. Una casita de barro con tres ventanas y una puerta que daba a un corredor. Una pequeña huerta interior cerraba el espacio por un costado. Por el otro, tenía una tapia de adobes que separaba los límites con las aguas del canal de San Miguel (hoy Avda. Diez de julio).

Años después, uno de los misioneros escribiría haciendo recuerdos:

Dos meses empleamos en arreglar las pobres habitaciones que nos iban a servir de aposento, oficina y portería. Las habitaciones serían ocho, pobres y húmedas; para ir a la sacristía era preciso atravesar la huerta, por lo cual se arregló un camino empedrado para librarse del barro. El comedor era muy diminuto: cuando un misionero debía salir, todos tenían que salir para darle paso. Vivíamos como Jacob cuando cuidaba las ovejas de su suegro Labán; de noche, desde las habitaciones, veíamos las estrellas. No obstante la incomodidad y la pobreza, el día 14 de mayo de 1870 fue un día de alegría para los misioneros porque en la tarde de ese día nos trasladamos a Belén”.

Al año siguiente, el arzobispo Rafael Valentín Valdivieso regresaba de Roma. También apareció un día, sin previo aviso, una figura alta y huesuda que llevaba la sotana clerical como si fuera el uniforme de un coronel. Cuando el hermano Miguel Baró abrió la puerta de calle se encontró con el mismísimo superior general, P. Xifré.

P José Xifré, cofundador de la congregación claretiana, a la que consolidó en su primera etapa dirigiéndola por 41 años, entre 1858 y 1899.
P José Xifré, cofundador de la congregación claretiana, a la que consolidó en su primera etapa dirigiéndola por 41 años, entre 1858 y 1899.

El hombre no había podido esperar más y se había venido en una gira abrumadora atravesando mares y distancias que a cualquiera hubieran doblegado. A cualquiera, pero no a él.

Abrazó a todos, miró la casa pobre, discutió, fijó contratos con el arzobispo, amenazó con llevarse de regreso al grupo, ordenó construir más habitaciones, y se fue prometiendo enviar otro contingente de sacerdotes y hermanos, porque los siete primeros no daban abasto con las predicaciones de misión, retiros, catecismo a niños y adultos y la petición de nuevas fundaciones.

El arzobispo Valdivieso andaba precisamente buscando una congregación religiosa que atendiera el valle de Apalta, cien kilómetros al sur de la capital.

En mayo de 1872 llegaba a Santiago la segunda expedición, de diez misioneros, encabezada por los padres Donato Berenguer y José Bayona.

La fundación en Apalta no fue posible por coincidir con otro ofrecimiento mucho más interesante en posibilidades de apostolado. Desde el norte, a pesar de su sordera calamitosa, el obispo de La Serena, don José Manuel Orrego, había oído hablar cosas lisonjeras acerca de los Hijos del Corazón de María, y pensó que eran, justamente, los evangelizadores que necesitaba para auxilio de su diócesis.

Ciertamente, todo el territorio chileno estaba necesitado de misioneros. Existían solamente las cuatro antiguas y venerables órdenes de frailes: mercedarios, dominicos, franciscanos y agustinos, desde los tiempos castaños de la invasión. Recién en 1848 habían llegado al país los frailes capuchinos. De las congregaciones llamadas modernas, de votos simples y mayor agilidad apostólica, estaban, desde 1834, los sacerdotes franceses de los Sagrados Corazones que se habían quedado en Chile esperando un barco que los llevara a la Polinesia; tanto se demoraron las embarcaciones que tuvieron tiempo de fundar un par de colegios y asumieron las disciplinas educativas. También desde 1854 estaban los lazaristas, con seis integrantes dedicados a las capellanías de las monjas que atendían hospitales. Por su parte los jesuitas recién empezaban a reorganizarse tras la expulsión sufrida en tiempos coloniales cuando el rey de España Carlos III pensó que era dar gloria a Dios terminar con los hijos de san Ignacio.

Por todo esto, una congregación dedicada a la labor misionera en un país todavía campesino, llegaba como el agua de buena lluvia en terreno secano.

El obispo Orrego pidió, insistió, ofreció y por fin obtuvo que Vallier gestionara ante el P. Xifré el envío de una tercera expedición para poder instalar comunidad en su diócesis, mientras que Apalta quedaba olvidada. Años después esa localidad rural serviría junto con Rengo como casa madre de una nueva congregación religiosa que llegaría al país para iniciar su historial de servicio apostólico: los asuncionistas.

Así fue como la tercera expedición de Hijos del Corazón de María, compuesta por Antonio Molinero, Bernardo Bech, Mariano Avellana, Cristóbal Soteras, José Ribalta, Antonio Callent y Miguel Manent llegaron al país en la segunda semana de septiembre de 1873, al puerto de Valparaíso. Nadie los esperaba, porque, como sucede antes y ahora, los correos que anuncian llegadas andan detrás de los viajeros.

El ferrocarril que venía desde Valparaíso entró bufando en la estación de trenes de la capital de Chile. Preguntando, indagando, orientándose apenas en la penumbra de una ciudad desconocida, el grupo tanteó por callejuelas adoquinadas, acompañado al fin por un vendedor de canela y de frituras que llevaba una farola mortecina. Así se fueron los recién llegados hasta el barrio de Belén. Cuando cruzaron el canal de San Miguel pudieron distinguir la pobre torre de la capilla y la casa de adobes de la comunidad.

El hermano portero fue el primero en escuchar los aldabonazos de la llamada; pensó que nuevamente venía alguien en busca de auxilio para algún enfermo, o que se trataba de un pobre en busca de cobijo.

-¿Quién es? -preguntó medio adormilado.
-¡Hemos llegado! ¡Somos nosotros! -dijo afuera una vocecita aflautada.
-¿Quién es? -repitió desconcertado.
¡Soy el padre Soteras…. hemos llegado!

El hermano portero buscó en sus memoriales y se quedó en silencio. Afuera hubo un cuchicheo encrespado.

¿Soteras? -preguntó, al fin.- No conozco ningún Soteras.
Entonces distinguió una voz recia:
-¡Déjeme a mí! -dijo Mariano Avellana acercándose a la puerta. Infló el pecho, y el vozarrón le salió como un cañonazo:
-¡Abra la puerta, por amor de Dios, que venimos llegando del otro mundo!

El portero dio un respingo, quedó unos instantes alelado y después corrió hacia adentro golpeando puertas hasta detenerse ante la habitación del padre Vallier.

Llega gente que dice que viene del otro mundo! -chilló, espantado.

Marcos Domínguez abrió el cerrojo, y al primero que vio fue al padre Mariano, sonriente y atronador.

-¡Por fin, hermanos, vaya por Dios! ¿No llegó nuestro aviso? ¡Somos nosotros, hermanos!

Hubo abrazos de bienvenida, exclamaciones de asombro, de alegría, de titiritaina, y como de costumbre, ya que se trataba de españoles, ante la mirada atónita del vendedor de frituras que los había acompañado, todos se pusieron a hablar al mismo tiempo, entendiéndose sin escucharse, en medio de un clamoreo de pajarería, disparando preguntas que no podían tener respuesta porque se atropellaban unas a otras: el aviso que no llegó, la travesía del mar, la salud del padre general, las noticias de Europa, la nueva fundación de La Serena, el clima de Santiago, el amparo del Corazón de María para una travesía de peligro…

Poco después, reunidos en la capilla, cantaron el Tedéum, pidieron perdón por haber faltado al reglamento de silencio y se fueron al descanso que iba a reparar las fuerzas y aquietar las emociones, sin saber que una hora más tarde, en plena madrugada, nuevamente se iban a encontrar todos en el corredor de ladrillos disparejos, con el corazón acelerado con golpes de tambor de guerra.

Mariano Avellana entró en su nueva habitación con el alma contenta por haber llegado a destino. Miró las paredes blanqueadas con cal que apenas disimulaban los adobes de tierra y paja, el camastro humilde y la mesa con el Santo Cristo. Se arrodilló un tiempo largo junto a la cama; le dijo a Dios que esa amanecida empezaba una etapa nueva que sospechaba iba a ser decisiva para su vida. Repitió lo que había jurado en el año de probación del noviciado, en el sur de Francia, cuando pidió ser admitido en la congregación misionera:

-En esta tierra bendita me tengo que hacer santo; si no es así, Señor, te pido que me llames pronto a tu lado. Mi decisión es: o santo, o muerto.

Oró un tiempo que le pareció breve. Cuando se puso de pie sintió algo así como la sensación de seguir aún navegando en alta mar.

-Es el cansancio del viaje -pensó.

Pero era algo indefinible, un ruido de muchas aguas en alguna parte que no podía precisar. Inmediatamente vino el crujido de la madera de los marcos de la puerta, y todo el piso se movió haciéndole trastabillar. El santo Cristo de la mesa también se movía, y la mesa y el camastro se desplazaron en medio de un cuarteo de paredes.

Salió al corredor y se encontró con toda la comunidad despavorida.

-¿Qué es esto? -gritó.
-¡Un temblor! ¡Un temblor de tierra!
-¿Y qué se hace? -preguntó, ingenuo, ante una experiencia absolutamente desconocida e incontrolable.

El movimiento mugió un tiempo breve que les pareció eterno. Después todo volvió a la calma, quedando solamente una quebradura de vidrios y las techumbres algo desencuadernadas.

-¡Todo ha pasado! -dijo el padre Vallier, aparentando serenidad-. ¡Ya todo ha pasado! Volvamos al descanso, y que Dios tenga misericordia de nosotros.

La ciudad, que se había despertado sobresaltada por el temblor, cayó de nuevo en la modorra del sueño. La gente se tiró a medio vestir sobre los lechos, porque ya era la madrugada y por tener la experiencia de trescientos treinta años de zarandeo.

Santiago durmió esa noche cerrando un solo ojo.

Capítulo Cuarto